Yayoi Kusama: el arte como supervivencia para una felicidad posible.
El pasado 14 de
agosto falleció en Tokio a los 97 años la artista japonesa Yayoi Kusama, popularmente
conocida como la artista de los lunares. Su vida constituye un caso interesante
de lucha contra una enfermedad psiquiátrica, de sublimación a través del arte y
de búsqueda de la felicidad posible para ella.
Su arte, al igual
que el caso de muchos otros artistas, no tenía un consenso universal de
aceptación y era objeto de debate, sobre todo entre los críticos de arte. En el
público general no experto como es mi caso tenía una gran convocatoria. Personalmente me agradaba sumergirme en su colorido
universo. El primer contacto que tuve con su obra fue en el año 2013 cuando visité
la muestra “Obsesión Infinita” en el MALBA. Las cuadras aledañas al luminoso
y geométrico edificio presentaban los troncos de los árboles envueltos en telas
color rojo con lunares blancos. Al ingresar al museo me adentré en su mundo de
lunares y espejos. Como se trataba de una muestra inmersiva pude caminar entre
ellos e incluso pegué varios lunares en una sala dispuesta a tal fin. Posteriormente
me interese por conocer algo más sobre su vida y obra. Conservo aún las dos postales
que compre ese día en la tienda del museo y cada tanto las observo.
En los últimos
días, a raíz de su muerte han sido varios los artículos periodísticos que se
publicaron que hacen hincapié en su obra artística. Traté de ver la parte
positiva de un acontecimiento como la muerte que es triste de por sí: falleció
de muerte natural a los 97 años sin suicidarse previamente, siendo esto desde
mi perspectiva todo un logro para ella. Hay un reportaje publicado en La Nación
en el año 2013 realizado por Philip Larratt – Smith, uno de los curadores de la
muestra realizada en el MALBA, que lo busque en mis archivos para redactar esta
nota porque aborda a la persona más que a su obra y es revelador por lo que
ella allí expresa. Transcribo algunas respuestas:
Cuando crecí,
en el medio de la guerra, había profundas fricciones en mi familia. Tuve que
ver a un médico incluso en mi niñez y fue a través de la pintura que encontré
un camino para superar mis angustias.
He sufrido y
luchado contra el fantasma agobiante de la enfermedad psicológica. El médico en
Nueva York era freudiano, por lo que quebró mi arte.
Esta
repetición obsesiva tiene que ver con mi estado, es así mi universo.
Por medio del
arte, he superado mi infelicidad.
Pongo todo mi
corazón y toda mi alma en la pintura, el resto del tiempo preferiría morirme.
Durante toda
mi vida he pensado a diario en la vida y la muerte. He intentado suicidarme
continuamente.
Un dato adicional
sobre el entrevistador: Philip Larratt – Smith es un curador y escritor
canadiense radicado en Nueva York que tiene una mirada psicoanalítica del arte y
que ha centrado buena parte de sus investigaciones curatoriales en analizar
como el síntoma, el trauma, la neurosis y el inconsciente se traducen en el
lenguaje plástico.
Yayoi Kusama fue un
ícono de la revolución pop de la década del 60, década que en lo personal me
atrae como un imán. De su Japón natal emigro a Nueva York y fue protagonista de
la vanguarda artística de esos años. Las hizo todas. Organizo happenings,
orgias, performances, marchas, muestras e instalaciones. Como muchos artistas
que alcanzaron la fama, al principio y durante varios años no cobró notoriedad
y vivió en la pobreza hasta que su fuerza creativa plasmada en un universo de
lunares, redes y espejos infinitos logro reconocimiento. La muestra retrospectiva
realizada en el MALBA en el año 2013 convocó más de 206.000 visitantes y
mantiene hasta ahora el récord para el museo.
Kusama tenía un diagnóstico
psiquiátrico múltiple y complejo. Según los testimonios de médicos que la
atendieron por un lado tenía un trastorno de despersonalización que le llevaba
a sufrir alucinaciones visuales y auditivas intensas en las cuales las telas o
las luces comenzaban a multiplicarse, emitían sonidos y le invadían el espacio
hasta sentir que su propio cuerpo se consumía. También padecía de un Trastorno
Obsesivo Compulsivo (TOC) y de una neurosis obsesiva que la llevaba a repetir
indefinidamente un mismo patrón visual (lunares y redes infinitas) como única
forma de no colapsar frente a la angustia que sentía. Previo a su ida a los Estados
Unidos, en la década del 50 un psiquiatra japonés observo también en ella
ciertas tendencias esquizofrénicas.
Releyendo el
reportaje, me llamó bastante la atención que mencionara que no le hizo bien el
psicoanálisis freudiano. La explicación que encontré en mi investigación es que
“la sobre asociación verbal y la búsqueda de significados ocultos o traumas
reprimidos intensificaban sus alucinaciones y angustia” (Geminis / Stories
About Art). El procesar sus visiones a través de la palabra hablada no la calmaba,
sino que la desorganizaba aún más.
Iniciados los
años setenta regresó a Japón. Se sentía exhausta y en una situación emocionalmente
crítica. En el año 1977, promediando la mitad de su vida, con 48 años tomo una
decisión crucial que modificaría el caótico rumbo que su existencia había adquirido:
ingresó voluntariamente en el Hospital Psiquiátrico Seiwa en Tokio donde
transito un marco terapéutico radicalmente distinto que le permitió encauzar su
malestar con el arte como terapia de soporte. El tratamiento fomentó la
proyección de sus alucinaciones físicamente en un lienzo o en el espacio real y
no en un diván a través de la palabra. La repetición compulsiva de lunares
funcionó en ella como una red de seguridad: al pintar un lunar, ella tomaba el
control de la alucinación en lugar que la alucinación tomara el control de
ella.
Su rutina diaria
consistía en salir por las mañanas a pintar en su taller que se encontraba
enfrente y por la noche retornaba a pernoctar en el ambiente de contención que
la brindaba el hospital. La creación de ese entorno estable y seguro, despojado
de la vorágine que había caracterizado su vida neoyorkina y liberada del estrés
competitivo del mercado del arte, le permitió construir un eje interior que la estabilizara.
Logrado el equilibrio emocional dio
rienda suelta a su creatividad a través de las artes plásticas, el dibujo y la
escritura. Tuvo una vida longeva, artísticamente prolífica y se mantuvo activa
hasta el final.
Desde aquel día
que conocí su obra allá por al año 2013 en el MALBA quedé enganchado con su
historia de vida. Impulsado quizás por la noticia de su fallecimiento, quise escribir
estas líneas enfocadas en el impacto transformador que tuvo el arte en su vida posibilitándole
vivir en armonía interior la segunda parte de su existencia. Su historia de vida me deja la enseñanza de
que la felicidad es siempre posible aún en contextos, situaciones o enfermedades
complejas, si bien a veces requiere de una construcción artesanal a medida de
cada uno que le dé sentido. Por otra parte, su colorido universo de lunares y
espejos me resulta diáfano, alegre y me proyecta hacia un espacio infinito que fomenta
mi imaginación.















