Yayoi Kusama: el arte como supervivencia para una felicidad posible.

septiembre 23, 2026 Guillermo Arboleya 0 Comments

 


El pasado 14 de agosto falleció en Tokio a los 97 años la artista japonesa Yayoi Kusama, popularmente conocida como la artista de los lunares. Su vida constituye un caso interesante de lucha contra una enfermedad psiquiátrica, de sublimación a través del arte y de búsqueda de la felicidad posible para ella.



Su arte, al igual que el caso de muchos otros artistas, no tenía un consenso universal de aceptación y era objeto de debate, sobre todo entre los críticos de arte. En el público general no experto como es mi caso tenía una gran convocatoria.  Personalmente me agradaba sumergirme en su colorido universo. El primer contacto que tuve con su obra fue en el año 2013 cuando visité la muestra “Obsesión Infinita” en el MALBA. Las cuadras aledañas al luminoso y geométrico edificio presentaban los troncos de los árboles envueltos en telas color rojo con lunares blancos. Al ingresar al museo me adentré en su mundo de lunares y espejos. Como se trataba de una muestra inmersiva pude caminar entre ellos e incluso pegué varios lunares en una sala dispuesta a tal fin. Posteriormente me interese por conocer algo más sobre su vida y obra. Conservo aún las dos postales que compre ese día en la tienda del museo y cada tanto las observo.



En los últimos días, a raíz de su muerte han sido varios los artículos periodísticos que se publicaron que hacen hincapié en su obra artística. Traté de ver la parte positiva de un acontecimiento como la muerte que es triste de por sí: falleció de muerte natural a los 97 años sin suicidarse previamente, siendo esto desde mi perspectiva todo un logro para ella. Hay un reportaje publicado en La Nación en el año 2013 realizado por Philip Larratt – Smith, uno de los curadores de la muestra realizada en el MALBA, que lo busque en mis archivos para redactar esta nota porque aborda a la persona más que a su obra y es revelador por lo que ella allí expresa. Transcribo algunas respuestas:

Cuando crecí, en el medio de la guerra, había profundas fricciones en mi familia. Tuve que ver a un médico incluso en mi niñez y fue a través de la pintura que encontré un camino para superar mis angustias.

He sufrido y luchado contra el fantasma agobiante de la enfermedad psicológica. El médico en Nueva York era freudiano, por lo que quebró mi arte.

Esta repetición obsesiva tiene que ver con mi estado, es así mi universo.

Por medio del arte, he superado mi infelicidad.

Pongo todo mi corazón y toda mi alma en la pintura, el resto del tiempo preferiría morirme.

Durante toda mi vida he pensado a diario en la vida y la muerte. He intentado suicidarme continuamente.



Un dato adicional sobre el entrevistador: Philip Larratt – Smith es un curador y escritor canadiense radicado en Nueva York que tiene una mirada psicoanalítica del arte y que ha centrado buena parte de sus investigaciones curatoriales en analizar como el síntoma, el trauma, la neurosis y el inconsciente se traducen en el lenguaje plástico.

Yayoi Kusama fue un ícono de la revolución pop de la década del 60, década que en lo personal me atrae como un imán. De su Japón natal emigro a Nueva York y fue protagonista de la vanguarda artística de esos años. Las hizo todas. Organizo happenings, orgias, performances, marchas, muestras e instalaciones. Como muchos artistas que alcanzaron la fama, al principio y durante varios años no cobró notoriedad y vivió en la pobreza hasta que su fuerza creativa plasmada en un universo de lunares, redes y espejos infinitos logro reconocimiento. La muestra retrospectiva realizada en el MALBA en el año 2013 convocó más de 206.000 visitantes y mantiene hasta ahora el récord para el museo.



Kusama tenía un diagnóstico psiquiátrico múltiple y complejo. Según los testimonios de médicos que la atendieron por un lado tenía un trastorno de despersonalización que le llevaba a sufrir alucinaciones visuales y auditivas intensas en las cuales las telas o las luces comenzaban a multiplicarse, emitían sonidos y le invadían el espacio hasta sentir que su propio cuerpo se consumía. También padecía de un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) y de una neurosis obsesiva que la llevaba a repetir indefinidamente un mismo patrón visual (lunares y redes infinitas) como única forma de no colapsar frente a la angustia que sentía. Previo a su ida a los Estados Unidos, en la década del 50 un psiquiatra japonés observo también en ella ciertas tendencias esquizofrénicas.

Releyendo el reportaje, me llamó bastante la atención que mencionara que no le hizo bien el psicoanálisis freudiano. La explicación que encontré en mi investigación es que “la sobre asociación verbal y la búsqueda de significados ocultos o traumas reprimidos intensificaban sus alucinaciones y angustia” (Geminis / Stories About Art). El procesar sus visiones a través de la palabra hablada no la calmaba, sino que la desorganizaba aún más.

Iniciados los años setenta regresó a Japón. Se sentía exhausta y en una situación emocionalmente crítica. En el año 1977, promediando la mitad de su vida, con 48 años tomo una decisión crucial que modificaría el caótico rumbo que su existencia había adquirido: ingresó voluntariamente en el Hospital Psiquiátrico Seiwa en Tokio donde transito un marco terapéutico radicalmente distinto que le permitió encauzar su malestar con el arte como terapia de soporte. El tratamiento fomentó la proyección de sus alucinaciones físicamente en un lienzo o en el espacio real y no en un diván a través de la palabra. La repetición compulsiva de lunares funcionó en ella como una red de seguridad: al pintar un lunar, ella tomaba el control de la alucinación en lugar que la alucinación tomara el control de ella.

Su rutina diaria consistía en salir por las mañanas a pintar en su taller que se encontraba enfrente y por la noche retornaba a pernoctar en el ambiente de contención que la brindaba el hospital. La creación de ese entorno estable y seguro, despojado de la vorágine que había caracterizado su vida neoyorkina y liberada del estrés competitivo del mercado del arte, le permitió construir un eje interior que la estabilizara.  Logrado el equilibrio emocional dio rienda suelta a su creatividad a través de las artes plásticas, el dibujo y la escritura. Tuvo una vida longeva, artísticamente prolífica y se mantuvo activa hasta el final.

Desde aquel día que conocí su obra allá por al año 2013 en el MALBA quedé enganchado con su historia de vida. Impulsado quizás por la noticia de su fallecimiento, quise escribir estas líneas enfocadas en el impacto transformador que tuvo el arte en su vida posibilitándole vivir en armonía interior la segunda parte de su existencia.  Su historia de vida me deja la enseñanza de que la felicidad es siempre posible aún en contextos, situaciones o enfermedades complejas, si bien a veces requiere de una construcción artesanal a medida de cada uno que le dé sentido. Por otra parte, su colorido universo de lunares y espejos me resulta diáfano, alegre y me proyecta hacia un espacio infinito que fomenta mi imaginación.




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