Vivir en la verdad
La foto de la izquierda corresponde a Vaclav Havel.
Disidente checo que luego de la caída del comunismo se convirtió en Presidente
de Checoeslovaquia. La de la derecha a Mark Carney, Primer Ministro de Canada,
quien recientemente dio mucho que hablar luego de su discurso en Davos.
Havel fue un dramaturgo que en su época de disidente
escribió obras teatrales criticando al régimen con un ácido humor. En su libro
“El poder de los sin poder” del año 1978 (la foto es la imagen de tapa)
desarrolla el concepto de “vivir en la verdad” en el cual propone una
resistencia moral donde el ciudadano común rechaza las mentiras provenientes
del sistema y de la dirigencia gobernante. De esta forma su decisión de vivir
en la verdad se convierte en un acto político disidente. El libro, entre otras
muchas cosas, es un alegato en contra de los falsos relatos creados desde el
poder.
El contexto de la foto de Havel es más interesante aún. Fue
tomada en el año 1974, antes de su encarcelamiento más prolongado (1979-1983)
en la cual Havel está cargando un saco de malta. Imagen que ayuda a comprender
el concepto de “vivir en la verdad”. Resulta que Havel, luego de la Primavera
de Praga, allá por los años 70 tenía prohibido publicar sus obras de teatro.
Para subsistir trabajó como obrero en la cervecería Trutnov. Esa experiencia
cargando sacos lo inspiro a escribir una de sus obras teatrales más famosas denominada
Audiencia, una tragicomedia enmarcada en lo que se conoce como teatro del
absurdo. El protagonista es precisamente un disidente que trabaja en una
cervecería que es presionado para que se delate a sí mismo a cambio de un mejor
trabajo. Un sinsentido que refleja la coacción que se puede realizar desde el
poder.
La foto expresa un simbolismo que captura la esencia del
libro: un intelectual que comparte el destino y el esfuerzo físico de la gente
común (los sin poder), manteniendo su integridad moral y honestidad a pesar de
la degradación impuesta por quienes gobiernan (los con poder). En sus memorias
Havel hace referencia al impacto que hizo en él la experiencia de realizar un
trabajo manual. Le permitió observar de cerca la dureza de la vida cotidiana y
la resistencia silenciosa de sus compatriotas. Sufrimiento que se profundizó en
sus cinco años de prisión en una cárcel común.
Días pasados me reconfortó que el Primer Ministro de Canadá
Mark Carney, frente a la ruptura del orden internacional al que estamos
asistiendo, hiciera referencia a este mismo ensayo de Havel en su discurso en
Davos. Un dirigente que también posee integridad moral y que apunta a situar a
su país en el contexto internacional en una posición digna
Cito textualmente la parte pertinente de su discurso en la
cual referencia a Havel
Es a la vez un placer y un deber
estar con ustedes esta noche, en este momento crucial que atraviesan Canadá y
el mundo. Hoy quiero hablar de una ruptura en el orden mundial, del fin de una
ficción cómoda y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica
—donde las grandes potencias— parece no estar sometida a límites ni
restricciones. Por otro lado, quiero decirles que los demás países,
especialmente las potencias intermedias como Canadá, no son impotentes. Tienen
la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores, como
el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la
soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados. El poder de
quienes tienen menos poder comienza con la honestidad. Parece que todos los
días se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes
potencias, que el orden internacional basado en reglas se desvanece, que los
fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.
Y este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica
natural de las relaciones internacionales reafirmándose. Frente a esta lógica,
existe una fuerte tendencia de los países a acomodarse, a evitar problemas, a
esperar que la complacencia compre seguridad. Pues bien, no lo hará.
Entonces, ¿cuáles son nuestras
opciones?
En 1978, el disidente checo
Václav Havel, quien más tarde sería presidente, escribió un ensayo titulado El
poder de los sin poder, y en él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se
sostenía el sistema comunista?
Su respuesta comenzaba con un
verdulero.
Cada mañana, este comerciante
colocaba un cartel en su escaparate: “¡Proletarios del mundo, uníos!”. No creía
en ello, nadie lo hacía, pero lo colocaba para evitar problemas, para mostrar
obediencia, para seguir adelante. Y como cada comerciante en cada calle hacía
lo mismo, el sistema persistía, no solo por la violencia, sino por la
participación de personas comunes en rituales que en privado sabían que eran
falsos.
Havel llamó a esto “vivir dentro de la mentira”.
El poder del sistema no provenía de su verdad, sino de la disposición de todos
a actuar como si fuera verdadero, y su fragilidad provenía de la misma fuente.
Cuando incluso una sola persona deja de actuar, cuando el verdulero quita el
cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse.
Amigos, ha llegado el momento de
que las empresas y los países quiten sus carteles.
Durante décadas, países como
Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en
reglas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos
beneficiamos de su previsibilidad. Gracias a ello, pudimos impulsar políticas
exteriores basadas en valores bajo su protección. Sabíamos que la historia del
orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa: que los más
fuertes se eximían cuando les convenía, que las reglas comerciales se aplicaban
de manera asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con
distinto rigor dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima. Esta
ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a
proporcionar bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero
estable, seguridad colectiva y marcos para la resolución de disputas.
Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales y, en
gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad.
Este
pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura,
no de una transición.
…………………………..
No
debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el
poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte, si
decidimos ejercerlo juntos. Y eso nos devuelve a Havel.
¿Qué significa para las potencias intermedias vivir en la verdad?
Primero, nombrar la realidad. Dejar de invocar el orden internacional basado en
reglas como si aún funcionara como se anuncia. Llamarlo por lo que es: un
sistema de creciente rivalidad entre grandes potencias, donde los más poderosos
persiguen sus intereses utilizando la integración económica como coerción.
Significa actuar con coherencia, aplicar los mismos estándares a aliados y
rivales. Cuando criticamos la intimidación económica de un lado, pero guardamos
silencio cuando proviene de otro, seguimos dejando el cartel en la ventana.
Significa construir aquello en lo que decimos creer, en lugar de esperar a que
el viejo orden sea restaurado. Significa crear instituciones y acuerdos que
funcionen como se describe. Y significa reducir el margen de coerción:
construir una economía nacional fuerte debe ser la prioridad inmediata de todo
gobierno. La diversificación internacional no es solo prudencia económica; es
la base material de una política exterior honesta, porque los países ganan el
derecho a posturas de principios al reducir su vulnerabilidad a represalias.
Canadá tiene lo que el mundo necesita. Somos una superpotencia energética.
Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos a la población más
educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los más
grandes y sofisticados del planeta. En otras palabras, tenemos capital, talento
y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y
tenemos valores a los que muchos aspiran. Canadá es una sociedad plural que
funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses
siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y confiable
en un mundo que no lo es. Y tenemos algo más: el reconocimiento de lo que está
ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta
ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como
es.
Estamos retirando el cartel de la ventana. Sabemos que el viejo orden no
volverá. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Creemos que,
a partir de la fractura, podemos construir algo más grande, mejor, más fuerte y
más justo. Esta es la tarea de las potencias intermedias: los países que más
tienen que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar con una cooperación
genuina.
Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad
de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de fortalecer nuestra base interna
y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y
confiadamente, y es un camino abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo
con nosotros.
Muchas gracias

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